
Los dos parecían idénticos, uno era la sombra del otro y viceversa, pero no era así, se diferenciaban en: estatura, color de piel, cabello, tono de voz, y cuando escuchabas y mirabas detenidamente: sus voces y ademanes se diferenciaban mucho, así como sus vestimentas. Parecían uno solo porque tenían muchas cosas en común, gustaban de la misma música, lecturas, cine, mujeres, los mimos gadgets pero sin ser Geeks, compartían algunos placeres como la yerba, el alcohol, el cigarro puro y platicar de proezas sexuales.
Parecían uno solo, uno embonaba en el otro a la perfección, como dos piezas de un rompecabezas, uno parecía que cobijaba al otro; el que embonada y era cobijado, era así porque sentía que tenia una deuda moral con el otro, por eso el cobijamiento, el cobijador se sintió que había cumplido un deber, como todo buen Scout Boy que fue.
La deuda moral era por la ayuda recibida: un consejo y una recomendación; que le ayudo a ahorrar unos pesos; pero el deudor moral no sabía poner límite a esa deuda, y cada vez que se encontraban, ya sea en persona o en una red social, empezaba de nuevo a pagar su deuda, eso los vinculaba fuertemente, porque el acreedor moral prolongaba el placer del deber cumplido.
Yo no encajaba con ellos, que eran dos piezas de un nuevo y vasto rompecabezas, piezas relucientes y llamativas, y sobre todo, no tenía deuda moral alguna. Intuía que las piezas que formaban el rompecabezas que soy yo, de alguna forma embonaban en ese nuevo juego, pero mis piezas eran colocadas a la orilla de la gran mesa en donde se armaba el nuevo puzzle, esperando un patrón en donde pudieran encajar, pero era difícil porque las piezas que me conformaban, de tanto uso y de jugar con ellas, eran opacas y anodinas.
Pero el armar rompecabezas requiere de observación para seguir ciegamente los patrones, y como primer axioma para el armado: todas la piezas deben lucir igual condición, nuevas y relucientes o usadas y gastadas; nadie en su sano juicio, sentido común, se atrevería a mezclar piezas de diferentes puzzles, aunque fueran idénticos en diferentes tiempos; y eso, requiere de una lógica audaz.
Seguí esperando en la orilla de la mesa, poder integrarme, mientras se integraban mas piezas nuevas y relucientes, primero fueron 2, luego 3, 5, 8, 13, 21, etc.
Espere hasta que el nuevo puzzle se volvió opaco y usado, después de tanto juego y uso, y yo de adquirir deudas morales; solo entonces, pude integrarme y así formar un rompecabezas aún mas vasto e interesante, que rebasaba de toda lógica.
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